SIRIUS BLACK Y EL CORAZÓN DE LA SOMBRA IV
El tiempo ya no servía como medida. Las grietas del mundo mágico se habían abierto. Umbraweth, incompleto pero impaciente, comenzó a filtrarse entre los hilos de la realidad.
No como cuerpo.
Sino como influencia.
Primero, las criaturas del bosque empezaron a actuar de forma errática. Los centauros hablaban en lenguas olvidadas, los thestrals lloraban sin razón visible, y los árboles se retorcían incluso sin viento.
Sirius lo sentía. Algo ya estaba aquí.
Y luego, el cielo sobre el Bosque de las Sombras se partió.
Una noche sin luna, con los aldeanos escondidos y Hogwarts en alerta, Sirius cruzó solo el límite del bosque. Ya no como Canuto. Ya no como fugitivo. Sino como un guardián de lo que quedaba del equilibrio.
En el centro del bosque, donde alguna vez descansó el monolito, ahora se alzaba un trono viviente hecho de raíces, huesos, y sangre seca. Y en él, una figura sin rostro, pero con miles de ojos: Umbraweth, el recuerdo consciente de todo lo que los magos alguna vez temieron volverse.
Su voz no sonaba. Se sentía en la mente:
"El tiempo ya no importa, Sirius Black. Tú perteneces a una era que se pudre. Ven, entrega tu forma. Te haré eterno, como sombra."
Sirius levantó su varita.
—Prefiero ser polvo que eco de algo muerto.
Umbraweth rugió. Pero no como una criatura. Como un bosque entero gritando a la vez. La tierra se agrietó. Las raíces lo atacaron como látigos vivientes. Sirius luchó como solo un Black podía: sin miedo, sin pedir permiso y con una furia elegante.
Bombarda Maxima.
Incendio.
Protego Totalum.
Sectumsempra.
¡Transformación! — ¡Canuto salta directo a su garganta de sombra!
Pero Umbraweth no tenía garganta. Ni sangre. Solo conciencia viva hecha oscuridad.
El duelo no era físico. Era voluntad contra esencia.
Y entonces Sirius hizo algo que ninguna criatura de sombra pudo anticipar:
Abrió su pecho. Metafóricamente.
Recordó.
Permitió el dolor.
El dolor de perder a James.
El grito de Harry llamándolo mientras caía por el velo.
La risa cruel de Bellatrix.
La soledad en Azkaban.
Y el hecho de que aún, aún, quería proteger a alguien.
Esa fue su magia final.
Amor feroz, sin premio ni redención.
Umbraweth gritó, ahora sí, en voz verdadera, por primera vez:
Un chillido tan puro que partió ramas y levantó los cuerpos de los magos oscuros enterrados.
Sirius usó ese momento de debilidad.
Con su varita temblando, conjuró un hechizo final, mezclado con el recuerdo de su hermano Regulus:
"Por los que murieron solos. Por los que aún pelean. Que la sombra regrese a la sombra."
"Ex Umbra, Nihil." — De la sombra, nada.
Un haz de luz blanca, como si todas las estrellas del firmamento se hubieran concentrado en un punto, lo envolvió todo.
Cuando todo terminó, solo quedaba humo.
Y un gran perro negro, caminando herido, entre los restos del bosque.
Algunos dicen que Sirius murió ese día.
Otros que simplemente cambió de forma, y ahora se esconde entre la niebla, esperando el próximo susurro.
Lo único cierto es esto:
La sombra fue derrotada.
Pero Canuto jamás descansará.



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