SIRIUS BLACK Y LA SOMBRA DEL BOSQUE PROHIBIDO I


En una noche sin luna, cuando los árboles del Bosque Prohibido parecían susurrar en lenguas olvidadas, una figura solitaria se deslizaba entre la niebla. No era del todo hombre… ni del todo bestia. Era Canuto, el gran perro negro —de ojos feroces y colmillos más afilados que el sarcasmo de su dueño humano: Sirius Black.

Tiempo después de su huida de Azkaban y antes del regreso de Lord Voldemort, Sirius encontró refugio en los rincones más remotos del Reino Unido. Uno de esos lugares era un pueblo que ni siquiera los mapas mágicos se molestaban en nombrar, escondido más allá del Lago Invernal, entre riscos y árboles tan antiguos que olían a magia primitiva.

El pueblo tenía un problema: los niños desaparecían. Las huellas se desvanecían en dirección al Bosque de las Sombras, un rincón aún más oscuro que el Bosque Prohibido, donde incluso los centauros evitaban entrar. Se decía que los árboles allí crecían torcidos porque algo en sus raíces había sido maldecido por magos oscuros siglos atrás.

Sirius, viajando en su forma de animago —ese gigantesco perro negro— llegó al lugar tras escuchar rumores en Cabeza de Puerco. Le gustaban las causas perdidas, y si podía enfrentarse a algo peor que dementores, tanto mejor. Esa noche, acompañado por su instinto, olfateó el sendero que conducía al corazón del bosque. Lo que encontró no fue una bestia, sino una cábala de magos oscuros, seguidores de antiguos rituales que buscaban traer de vuelta a una entidad prohibida conocida como Umbraweth, la Sombra sin Nombre.

Sirius se transformó de nuevo en humano justo a tiempo para bloquear una maldición lanzada contra un niño petrificado. Con su varita —el único recuerdo que le quedaba de días mejores— conjuró una lluvia de llamas plateadas que rebotaron entre los árboles como meteoros. No era Dumbledore, pero Sirius luchaba como alguien que ya no le temía a la muerte.

Uno a uno, los magos oscuros cayeron. Algunos huyeron al ver que su líder, un exalumno de Durmstrang marcado con runas negras en el rostro, fue derribado por un hechizo explosivo que Sirius improvisó con la mezcla de dos maldiciones no aprobadas por el Ministerio. Fue imprudente, pero efectivo. Justo como él.

Con los niños liberados y los rituales interrumpidos, Sirius desapareció de nuevo en la espesura, transformado en Canuto. En la distancia, los aldeanos juraban que el gran perro negro aún vigilaba los límites del bosque, ladrando cada vez que algo oscuro intentaba cruzar.

Y aunque el mundo mágico no lo supo jamás, aquella noche, Sirius Black salvó más almas de las que jamás se le reconoció. Pero eso nunca le importó.

Porque él no luchaba por gloria.

Luchaba porque era lo correcto.

Y porque la oscuridad siempre debería temer al Perro Negro  "Canuto" que aúlla entre los árboles.



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