SIRIUS BLACK Y EL LATIDO BAJO LA TIERRA II
Una anciana del pueblo —ciega, pero con ojos más sabios que un pensadero— le habló de un antiguo latido que a veces podía escucharse si uno se acostaba boca abajo sobre la tierra en la colina más vieja del valle.
Sirius, curioso e inquieto, lo hizo.
Lo que escuchó no era un corazón.
Era una llamada.
“Volveremos a alzarnos con las raíces de los primeros. El perro negro no puede evitar lo inevitable.”
El suelo tembló.
Una raíz ennegrecida emergió de la tierra como si fuera un tentáculo vegetal, buscando envolverlo.
Sirius retrocedió, transformándose en Canuto justo a tiempo para evitar que lo arrastraran. Corrió. Pero algo lo siguió. No un cuerpo… sino una presencia, como si una parte del bosque se hubiese despertado y lo hubiese marcado.
Esa noche, soñó con la figura de un ciervo y una risa lejana —la de James Potter— advirtiéndole:
“No todo lo oscuro muere con fuego, hermano. Hay cosas que duermen esperando…”
Al día siguiente, Sirius volvió al bosque. Esta vez no solo.
Usó un espejo de dos caras —uno de los pocos objetos que aún respondían a los lazos antiguos— y logró contactar a Remus Lupin. El licántropo llegó en dos días, con un aire resignado y una sonrisa medio cansada.
—¿Otra vez salvando el mundo sin permiso? —preguntó.
—¿Acaso alguna vez pedí permiso para algo?
Juntos descendieron por una cueva oculta bajo las raíces retorcidas. El aire estaba cargado de magia ancestral. No era oscura… era salvaje, prehumana. Y en lo más profundo, lo encontraron: un monolito cubierto de símbolos que ardían al ser mirados, como si las palabras mismas estuvieran vivas.
Remus susurró:
—Esto no es magia común. Esto es pre-mágico. De cuando los magos aún no tenían nombres. ¿Qué estaban intentando esos locos?
Sirius tocó el monolito y una visión lo cegó: cientos de magos, encapuchados, ofreciendo partes de su alma a una criatura gigantesca de ojos como espejos rotos. El nombre volvió a su mente:
Umbraweth.
La Sombra que No Puede Morir.
La que susurra en sueños de los huérfanos y alimenta el odio de los marginados.
Esa noche, Sirius y Remus conjuraron un antiguo hechizo de sellado, uno que requería dolor personal como ancla. Sirius ofreció un recuerdo: el momento en que vio morir a su hermano, Regulus Black, solo y olvidado.
La magia respondió. El monolito se agrietó. El latido cesó… por ahora.
Sirius regresó al pueblo por última vez. No dijo adiós. Solo dejó una marca en una roca cerca del bosque: la silueta de un perro con estrellas en el lomo.
Porque la oscuridad regresará, siempre lo hace.
Y cuando lo haga, Canuto volverá a cazarla.


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